Aunque les parezca mentira a los más jóvenes de ahora, las teles antes eran ¡en blanco y negro!, pero no es menos cierto que todos tenemos recuerdos de nuestra infancia de todos los colores que nos marcan nuestra vida para siempre; en mi caso el blanco y el rojo. Ahora que lo pienso, este último parece que me ha perseguido siempre y me ha dejado buenas experiencias: FRS, Área y Campo Gibraltar 24 horas lo llevan en su imagen corporativa. Combinado a rayas con el blanco lo lleva en su camiseta el mejor equipo del mundo: el Algeciras CF, una de mis mayores pasiones, de chico, ahora y hasta que cierre los ojos.
Domingo gris de un mes de marzo de principios de los 80, cuatro y pico de la tarde. Mi vecino Salvador Sánchez se lleva a sus dos hijos, Charly y Juan, con los que jugaba habitualmente en mi calle, al campo de fútbol del Algeciras y le dice a mis padres que si puedo ir con ellos.
Daría lo que fuera por tener una foto de mi cara nada más subir el último escalón de la tribuna del desaparecido ‘El Mirador’, al contemplar, por primera vez, un estadio repleto de gente y ¡con césped!. Me llamó muchísimo la atención la hierba porque yo estaba acostumbrado a ver solo encuentros de categorías inferiores y ‘No federados’ en el campo de ‘Las Vegas’, que era de tierra, justo detrás de donde vivía mi abuela Pepa, con quien pasaba la mayoría de los sábados… y algunos domingos por la mañana.
Por entonces el fútbol apenas si se podía seguir por televisión, salvo algún partido de la selección española, y yo aquel día flipé en colores – nunca mejor dicho – con los que terminaría marcando un antes y un después en mi vida: el rojo y el blanco.
Sólo unas semanas más tarde cumplía años, no sé cuántos, pero pocos, muy pocos, yo diría que cinco o seis. En la puerta de la desaparecida tienda de deportes San José, en la por entonces concurrida calle Prim, me quedo embobado suspirando por una camiseta roja y blanca a rayas, idéntica a la que yo vi aquel día, que era la del equipo de mi tierra. Mi padre accede a comprármela como regalo, a sabiendas de que era del Sporting de Gijón. Por supuesto que no puse pega alguna, sólo que el escudo se quedó en la caja, a pesar de guardar mucha similitud con el algecirista.
Ese sentimiento desbordado por el fútbol y mi equipo del alma fueron creciendo a pasos agigantados gracias a la figura de otro de mis vecinos, para mí, ilustres, Manuel ‘El Gitano’ que, como su hijo no quería acompañarle al fútbol, me preguntaba a mí y yo montaba una fiesta cada vez que me enteraba de que ese día había partido: no era un domingo cualquiera, era un domingo especial, nunca mejor dicho.
Manuel y su familia se mudaron y ya nunca más supe de él. Afortunadamente mi tío Antonio Cote vino al rescate para recogerme y llevarme cada quince días al estadio, a pesar de vivir a apenas unos metros de él, en la barriada del Arroz. Nunca sabré cómo agradecérselo.
Así empezó mi pasión por el balón y el equipo de mi tierra, algo que, como digo, me acompañará hasta el fin de mis días.
NACIMIENTO DEL FRENTE ESPECIÁ
Como yo, no muchos, pero sí algunos amigos de la pandilla con la que salía de fiesta los fines de semana, empiezan a ir al fútbol cada domingo, a pesar de ser una época de vacas flacas. El equipo tiene breves escarceos por Segunda B, aunque es carne habitual de Tercera División.
Llega Federico Martínez Gámez, entrenador que congenia a la perfección con los aficionados más jóvenes, entre los que me encuentro, y nos propone crear un grupo de animación, incluso facilitándonos la compra de un bombo. Nacía el ‘Frente Especiá’, que pronto viviría momentos únicos, como aquel partido del Día de Andalucía frente al Pozoblanco, con un viejo estadio con casi 8.000 espectadores, o excursiones inolvidables a Rota o Chiclana, con la famosa culada captada por una cámara de Europa Sur.
Aquellos años sirvieron como germen de una corriente nueva de gente joven animando al Algeciras, no sólo en casa, sino con desplazamientos masivos por la geografía andaluza, incluso fuera de ella, como la recordada liguilla de ascenso con el Hellín Deportivo de Jonás, Campos y compañía. Qué recuerdos. Luego, ya vendría mi participación en tertulias de radio y allí me quedé: cambié la bufanda por el micro.

